Editorial

Nuestra Ciencia y nuestra forma de pensar, en lo que llamamos cultura occidental, describe la naturaleza en función de las regularidades, de las simetrías, de las coincidencias que le parece apreciar con formas geométricas o con funciones matemáticas abstractas; así la contemplamos, así la creemos y así suponemos que nos vamos aproximando al descubrimiento de alguna Ley o Principio Universal que todo lo rige.
El resultado es que vemos la naturaleza como un orden, orden sin cabida para lo imprevisto, para lo espontáneo, para la sorpresa o para el cambio.
Pensando de esta manera, tenemos la ilusión de conocer el principio que 'ordena' al orden y con ese criterio llevamos a la práctica las explotaciones que nos proporcionan los recursos que obtenemos de la Tierra.
Pero pudiera pasar que estemos profundamente equivocados y que vivamos en una ficción inviable. En cualquier caso, dados los desajustes sociales y medioambientales que producimos, no parece que hayamos acertado en la comprensión de la realidad natural y espontánea en la que los humanos vivimos y de la que dependemos.
Tal vez sea el momento de empezar a considerar que el verdadero ser tal de las cosas no tiene tanto que ver, como creemos, con la aridez puramente conceptual que llamamos pensamiento lógico; o que, esos absolutos que nos hacen concebir la vida como una lucha en la que hay vencedores o vencidos, los veamos como cooperación, comunicación e interdependencia; y que, los pares de opuestos que apreciamos, lo hagamos como en realidad son: recíprocamente interdependientes.
Considerar y realizar lo que esto significa seguramente podría propiciar la calma mental necesaria para comprender más profunda y adecuadamente la naturaleza, algo que, de una manera o de otra, a todos nos interesa y también nos intriga... ¿Quién no se ha planteado alguna vez “Todo esto qué es”?


Noviembre 2019
La fatal confusión
Podemos darnos cuenta de que vivimos un momento de confusión extrema al observar la forma de interpretar los datos que se tienen sobre el clima o sobre la degradación de los suelos; o sobre los efectos que está produciendo, en el maduro, complejo y armónico sistema de relaciones que es la vivacidad del Planeta, el ritmo al que estamos introduciendo la gran cantidad de energía que tenemos a nuestra disposición.
La interpretación no es unánime, y no es porque no estemos ante hechos constatables, en realidad sí se acepta por la mayoría que está ocurriendo algo alarmante, pero ante esta evidencia vemos aparecer interpretaciones basadas en la opinión o en la creencia interesada de los que quieren hacer ver que no ocurre nada por la actividad humana, apoyándose en simplificaciones y generalidades como que “fenómenos así siempre han existido”; otros, movidos por el miedo o por lo grato que es desahogarlo perteneciendo a un colectivo, afirman lo contrario también, entre estos, podemos encontrar simplificaciones con las que hacen verosímil que los humanos somos los responsables de todo lo que nos ocurre.
También está otro grupo, tal vez el más peligroso, que es el de los prudentes con capacidad de actuar a gran escala. Estos están dispuestos a “luchar contra el cambio climático”.
La misma expresión “cambio climático” no deja de ser una simplificación que no ayuda a comprender por qué ocurre lo que, impotentes, vemos que acontece. Además, cuando usamos la metáfora propia de los libros de caballería de luchar contra ese cambio que no queremos sufrir, estamos creyendo en el molino de viento que viera don Quijote como el caballero malvado al que vencer. Pero ¿quién es cambio climático? ¿Por qué creemos que la lucha logrará vencer a ese que no sabemos muy bien quién es?
La lucha como idea pertenece al mismo pensamiento que otro grupo ya ha empezado a considerarlo como inadecuado para comprender que la Naturaleza ni tampoco nosotros somos tal y cómo hemos creído, algo que nos está sumiendo en la fatal confusión. En este grupo se encuentra a los que han experimentado y comprendido que también tenemos a nuestra disposición la posibilidad de ser quienes somos y dejar de actuar según creemos que somos.
Tal vez, entre todos, descubramos la posibilidad de una forma de ser armónica con el Planeta, con la Vida que somos.
Tal vez, superar la ignorancia que nos impide comprender y no, como ahora, vivir con tantos supuestos como referencia, con toda seguridad, es posible.
Dejar la violencia producida por nuestra ira, nuestro odio y nuestro miedo claramente está en nuestras manos.
Ocurre lo mismo con la avidez que no se corresponde con la inteligencia que nos caracteriza; sin embargo, hemos desarrollado tanto esta distorsión que vivimos atenazados por ella y somos sus víctimas. Esta inteligencia nuestra nos permite saber que dejar la avidez sería la ratificación de que lo somos.
Entonces, seguramente, descubriremos que también los poetas siempre tuvieron razón y que sus poemas nos cuentan que la sensibilidad existe como compañera imprescindible de la razón. Si esto ocurre, coincidiríamos con Alejo Carpentier cuando se pregunta “Si las formas superiores de la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado”. Y también llega a afirmar que “Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema”.