Editorial

Nuestra Ciencia y nuestra forma de pensar, en lo que llamamos cultura occidental, describe la naturaleza en función de las regularidades, de las simetrías, de las coincidencias que le parece apreciar con formas geométricas o con funciones matemáticas abstractas; así la contemplamos, así la creemos y así suponemos que nos vamos aproximando al descubrimiento de alguna Ley o Principio Universal que todo lo rige.
El resultado es que vemos la naturaleza como un orden, orden sin cabida para lo imprevisto, para lo espontáneo, para la sorpresa o para el cambio.
Pensando de esta manera, tenemos la ilusión de conocer el principio que 'ordena' al orden y con ese criterio llevamos a la práctica las explotaciones que nos proporcionan los recursos que obtenemos de la Tierra.
Pero pudiera pasar que estemos profundamente equivocados y que vivamos en una ficción inviable. En cualquier caso, dados los desajustes sociales y medioambientales que producimos, no parece que hayamos acertado en la comprensión de la realidad natural y espontánea en la que los humanos vivimos y de la que dependemos.
Tal vez sea el momento de empezar a considerar que el verdadero ser tal de las cosas no tiene tanto que ver, como creemos, con la aridez puramente conceptual que llamamos pensamiento lógico; o que, esos absolutos que nos hacen concebir la vida como una lucha en la que hay vencedores o vencidos, los veamos como cooperación, comunicación e interdependencia; y que, los pares de opuestos que apreciamos, lo hagamos como en realidad son: recíprocamente interdependientes.
Considerar y realizar lo que esto significa seguramente podría propiciar la calma mental necesaria para comprender más profunda y adecuadamente la naturaleza, algo que, de una manera o de otra, a todos nos interesa y también nos intriga... ¿Quién no se ha planteado alguna vez “Todo esto qué es”?


La diferencia entre saber y conocer de Alejandro Togores
Hay personas que enseñan o informan de lo que conocen; otras, en cambio, enseñan lo que saben.
El que conoce tiene unos principios sólidos como base y unas leyes derivadas de ellos como referencia que obligan; lo obligan a sí mismo y obliga a todo el que tenga el propósito de ser recto.
Aunque la pretensión es que los fundamentos y sus leyes sean universalmente aceptadas, mientras se logra ese objetivo, en el ámbito de influencia del líder cuyos principios y valores se enseñan, todo se aplica sin fisuras y se expía la culpa de las infracciones con la aplicación de la ley que indica el cómo la culpa será perdonada.
Los que saben, inesperadamente para los que sólo conocen, manifiestan una gran diferencia en su proceder; habiendo experimentado y comprendido profundamente, no tienen rigidez y, aunque rigurosos, son flexibles y a nadie exigen pues saben tanto de la inútil compulsión del que actúa sin saber como de las razones por las que no todos saben y comprenden en su existir.
Los que saben crean a su alrededor un ámbito que propicia el espontáneo entusiasmo por la armonía y la paz. Ante el sabio nadie se siente exigido y, al experimentar esa libertad, espontáneamente surge la conciencia de la propia potencialidad, la capacidad que todos tenemos de saber de la realidad más allá de creencias y de fundamentalismos.
Un hombre llamado Hui Neng, hace mucho tiempo lo expresó sencillamente así: “Conocer es una forma ilusoria de pensar y no saber es una forma de insensibilidad”.
Alejandro Togores