Editorial

Nuestra Ciencia y nuestra forma de pensar, en lo que llamamos cultura occidental, describe la naturaleza en función de las regularidades, de las simetrías, de las coincidencias que le parece apreciar con formas geométricas o con funciones matemáticas abstractas; así la contemplamos, así la creemos y así suponemos que nos vamos aproximando al descubrimiento de alguna Ley o Principio Universal que todo lo rige.
El resultado es que vemos la naturaleza como un orden, orden sin cabida para lo imprevisto, para lo espontáneo, para la sorpresa o para el cambio.
Pensando de esta manera, tenemos la ilusión de conocer el principio que 'ordena' al orden y con ese criterio llevamos a la práctica las explotaciones que nos proporcionan los recursos que obtenemos de la Tierra.
Pero pudiera pasar que estemos profundamente equivocados y que vivamos en una ficción inviable. En cualquier caso, dados los desajustes sociales y medioambientales que producimos, no parece que hayamos acertado en la comprensión de la realidad natural y espontánea en la que los humanos vivimos y de la que dependemos.
Tal vez sea el momento de empezar a considerar que el verdadero ser tal de las cosas no tiene tanto que ver, como creemos, con la aridez puramente conceptual que llamamos pensamiento lógico; o que, esos absolutos que nos hacen concebir la vida como una lucha en la que hay vencedores o vencidos, los veamos como cooperación, comunicación e interdependencia; y que, los pares de opuestos que apreciamos, lo hagamos como en realidad son: recíprocamente interdependientes.
Considerar y realizar lo que esto significa seguramente podría propiciar la calma mental necesaria para comprender más profunda y adecuadamente la naturaleza, algo que, de una manera o de otra, a todos nos interesa y también nos intriga... ¿Quién no se ha planteado alguna vez “Todo esto qué es”?


“El oso” / “La selva esmeralda”. Regreso al Edén de Manuel Díaz Noda
Desde los primeros asentamientos, el ser humano marcó una línea divisoria entre lo que era el pueblo, la aldea o la ciudad con el entorno natural que les rodeaba y a medida que la civilización se fue asentando y los núcleos poblacionales fueron haciéndose más y más grandes, mayor era la distancia que se generaba con el mundo natural. El bosque pasó a convertirse en un lugar desconocido, repleto de una fauna y una flora en muchas ocasiones mítica, mágica, y que hacía eco de cuando el ser humano estaba integrado en ella. Lugar proveedor de alimentos, la naturaleza pasó también a ser un espacio repleto de peligros, donde sólo los locos, los aventureros o aquellos que conocieran sus secretos podían aventurarse.
La literatura nos dejó varios ejemplos de ello, como Broceliande, el bosque mágico de la leyenda artúrica, tierra de hechiceros, donde los caballeros que se adentraran allí en busca de aventuras quedaban expuestos al engaño y la muerte, pero también abiertos a descubrir cosas maravillosas que luego poder contar en la corte. Las leyendas acerca de hombres salvajes, animalizados por la falta de contacto con el mundo civilizado derivó en las variantes del hombre verde. Ahí podemos encontrar criaturas mágicas del bosque o seres elementales con vínculo íntimo con la naturaleza y que posteriormente evolucionarían hacia personajes como el Caballero Verde (cuya más célebre representación la encontramos en el romance “Sir Galván y el Caballero Verde”) o el propio Robin Hood y que aún hoy en día siguen sustentando mitos como el Bigfoot o el Yeti.
El bosque también acogía a todo aquel que no comulgara con las leyes de los humanos o como alternativa de reinicio si la civilización fracasaba y así ha permanecido durante siglos. El anhelo por alejarse del mundanal ruido ya lo definió Fray Luis de León en el siglo XVI con su poema “Oda a la Vida Retirada”, al igual que lo haría en el siglo XVIII otro poeta, Thomas Gray con “Elegía Escrita en un Cementerio de Aldea”. Dando otro salto en el tiempo, en el siglo XIX encontramos a David Henry Thoreau y su utopía de Walden, con la que se rebelaba contra la sociedad industrial y defendía la necesidad de regresar a la naturaleza, reconectar con el bosque y desprenderse de las restricciones creadas por la civilización. La pérdida de fauna y flora en favor al crecimiento de las ciudades empezó a generar no sólo el miedo a la destrucción del medio ambiente, sino también a que, entre otras cosas, con esta desaparición se perdieran los remedios para muchas enfermedades mortales. En la actualidad, ante el impacto de las ciudades, el estallido de la burbuja de la construcción, el efecto de la industrialización en el medio ambiente y el progresivo sentimiento de alienación del ser humano, hay un creciente movimiento que aboga por regresar a la naturaleza, romper esa separación milenaria con el bosque y empezar a reconstruir nuestra civilización en base a un desarrollo sostenible e integrador.
El desarrollo de movimientos medioambientales en la segunda mitad del siglo XX tuvo su efecto en el mundo del cine, con la proliferación de cineastas comprometidos con el discurso ecologista. Es cierto que desde los primeros años de existencia del séptimo arte podemos encontrar ejemplos de películas en defensa de la naturaleza o que heredan el discurso literario, sin embargo, es sobre todo a partir de la década de los 70 que estos autores parten de un discurso articulado y conectado con los movimientos sociales de su época. Así, por ejemplo, durante ese período proliferaron muchas películas de montañeros, cintas de supervivencia en espacios naturales agrestes, pero que enardecían los valores del regreso a la naturaleza, como “El Hombre de una Tierra Salvaje” (Richard C. Sarafian, 1971) o “Las Aventuras de Jeremiah Johnson” (Sidney Pollack, 1972). En los 80, ese discurso naturalista se incrementó suponiendo el verdadero inicio de un movimiento ecologista cinematográfico, ya no como algo procedente de algunos cineastas combativos, sino como parte integrante de la industria cinematográfica. Por ello, dentro de las actividades de esta segunda edición de La Aventura de Comprender, hemos querido recuperar dos títulos representativos no sólo del tema escogido para estas jornadas, sino también de ese despertar de conciencia del cine.
De origen británico, el cineasta John Boorman cuenta con una filmografía notable, donde conciencia histórica, social y medioambiental se fusiona en películas clave para la historia del cine. Desde el principio de su carrera, el choque social y el vínculo entre civilización y naturaleza tuvo un peso determinante en títulos como “Infierno en el Pacífico” (1968), “Defensa” (1972), “Zardoz” (1974) o “Excalibur” (1981); sin embargo, fue en 1982 cuando ofreció su apuesta más comprometida con la defensa del medioambiente, “La Selva Esmeralda” (1982). Estamos en plena época del estallido de los movimientos ecologistas en defensa del Amazonas. La industrialización y el crecimiento de las ciudades ejercía un efecto de deforestación de uno de los principales pulmones del planeta, con la consiguiente desaparición de tribus indígenas y flora y fauna exclusiva de esa zona irremediablemente condenada a la extinción. Aunque inspirada en un hecho real (el secuestro del hijo de un ingeniero peruano por parte de un grupo de indígenas), el argumento de la película reformulaba de manera también el clásico de John Ford “Centauros del Desierto” (1956). Boorman cambió el discurso en defensa de los indios Comanche por la tribu amazónica de los Hombres Invisibles y utilizó el argumento de un padre que busca a su hijo perdido en la selva durante 10 años como excusa para reflejar el contraste de culturas y los efectos de la deforestación. Fiel a su discurso, la película empleó en un amplio porcentaje de su metraje el idioma indígena, por lo que fue considerada la primera película estadounidense rodada en un idioma que no era el inglés (en un modelo que posteriormente emplearon otros cineastas como Kevin Costner en “Bailando con Lobos”(1990)). Con localizaciones reales de la amazonia brasileña y con un amplio reparto de actores nativos, el propósito de Boorman era acercarse lo máximo posible a la realidad que quería reflejar y no ofrecer una recreación artificiosa propia de Hollywood. Las condiciones del rodaje fueron muy duras y el propio protagonista, Powers Boothe, estuvo a punto de morir ahogado durante la grabación de una de las escenas. La película fue proyectada fuera de concurso en el Festival de Cannes en 1985 y se estrenó en España el 1 de agosto de ese mismo año.
Es famoso el dicho de Alfred Hitchcock donde recomendaba no rodar con niños, ni con animales. Lo imprevisible de ambos hace que la experiencia pueda ser caótica para cualquier director, especialmente los obsesionados con el control como el viejo Hitch. Como toda regla necesita de su excepción, hay algunos cineastas que se muestran muy cómodos trabajando con niños (Steven Spielberg) o con animales. Ahí uno buen representante es Jean-Jacques Annaud, quien a lo largo de su carrera se ha atrevido en varias ocasiones a ceder el protagonismo de sus historias a todo tipo de fauna. De las 14 películas que componen su filmografía, al menos 3 abogan por este tipo de reparto. La primera de ellas fue “El Oso” (1988), basada en la novela de 1917 “El Rey Oso” de James Oliver Curwood. Previamente, ya habíamos encontrados muchas películas con amplia presencia animal, incluso con animales protagonistas. La peculiaridad de “El Oso” fue prescindir casi por completo de personajes humanos, rodar con animales reales y en exteriores en la cadena montañosa de las Dolomitas (aunque la historia está ambientada en Canadá). Annaud tardó 6 años en poder realizar la película y le llevó 8 meses de rodaje. En un momento, se pensó en utilizar animatrónicos para facilitar el rodaje y no depender tanto de los animales reales, pero el esfuerzo del Jim Henson’s Creature Shop no fue lo suficientemente realista y al final este recurso se empleó sólo en algunos breves fragmentos de la película. Gran admirador de Jack London, Curwood se dedicó a escribir novelas de aventuras, repletas de aventureros, grandes espacios naturales y una asombrosa representación de la vida animal. El propio autor reconoció haber sido cazador y que la novela de “El Rey Oso” contenía algunos pasajes autobiográficos. El escritor fue un gran defensor del conservacionismo y con sus novelas pretendía precisamente trasladar al lector la belleza y la importancia del entorno natural. Annaud rescató esta idea y creó una película que es un auténtico canto a la naturaleza y que nos muestra a los animales en su faceta más intimista y emocional. El trabajo con los adiestradores y los animales es extraordinario y la cinta marcó cátedra en el momento de su estreno. Curiosamente, ese mismo año se estrenó también “Gorilas en la Niebla” (Michael Apted, 1988), otra cinta decisiva dentro de ese movimiento conservacionista que desarrolló la industria del cine en la década de los 80. Años más tarde, Annaud intentó repetir la hazaña con “Dos Hermanos” (2004), cinta también protagonizada por animales (en este caso dos cachorros de tigre) y en 2015 estrenó “El Último Lobo”. Ambos títulos son películas recomendables y con un profundo mensaje de protección del medioambiente, sin embargo, ninguna de las dos logró el impacto que sí obtuvo “El Oso”. La cinta llegó a España el 23 de diciembre de 1988 y fue recompensada con los premios a mejor director y mejor montaje en los Premios César de 1989.
Manuel Díaz Noda